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Afecta a una de cada 5.000 personas y su incidencia aumenta de forma progresiva, pero aún no se ha desarrollado un tratamiento

La esclerodermia es una enfermedad rara que afecta a una de cada 5.000 personas, aunque su incidencia aumenta de manera progresiva. También se conoce como esclerosis sistémica y afecta a adultos jóvenes, sobre todo mujeres, de 30 años y sanos. Cuando ataca a la población masculina, es en general más agresiva. Es una enfermedad del tejido conectivo que provoca cambios en la piel, los vasos sanguíneos, los músculos y los órganos internos debido a la acumulación de colágeno, la proteína estructural más abundante en el organismo. A menudo, implica insuficiencia cardiaca y pulmonar. Es frecuente que las personas afectadas carezcan de antecedentes familiares, un factor que impide el uso de técnicas genéticas para elaborar un mapa de los genes involucrados en la enfermedad. Un estudio reciente ha permitido descubrir la clave de su desarrollo y ha abierto las puertas a un posible tratamiento de la enfermedad, para la que todavía no hay solución.

* Autor: Por NÚRIA LLAVINA RUBIO
* Fecha de publicación: 29 de marzo de 2010

Estudio genético

Investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins (EE.UU.) se han centrado en una rara forma hereditaria de fibrosis en la piel, el síndrome de la piel dura, con la esperanza de poder relacionar sus mecanismos moleculares con los de la esclerodermia. Ambas tienen como rasgo distintivo un exceso de colágeno, una proteína que se halla en los tejidos conectivos y cuya producción excesiva provoca el endurecimiento (fibrosis) de las áreas afectadas. Tres trabajos paralelos llevados a cabo en el mismo centro han podido dar con un rasgo común a ambas enfermedades y el papel del colágeno: la proteína fibrilina-1.

En una investigación, se descubrió que esta proteína regula la molécula que induce a las células a producir más colágeno. Otro trabajo asoció el gen de la proteína con fibrosis en ratones. Por último, el tratamiento de una paciente con síndrome de la piel dura, que había tenido problemas oculares asociados con el síndrome de Marfan (causado por una mutación en el gen que determina la estructura de la fibrilina-1), acabó de aunar las coincidencias.

Los investigadores secuenciaron el gen “fibrilina-1″ en pacientes con síndrome de la piel dura y detectaron las mutaciones necesarias para desarrollar la enfermedad. Un examen adicional constató que estas mutaciones no permiten que fibrilina-1 interactúe con las células vecinas, lo que acaba por provocar una producción excesiva de colágeno en el exterior de las células. El análisis de biopsias posteriores de personas con esclerodermia  mostraron las mismas anomalías que las de personas con el síndrome de la piel dura. Todavía se desconocen los mecanismos moleculares exactos que subyacen en la esclerodermia, pero esta nueva asociación con la fibrilina-1 abre nuevas vías terapéuticas.

Más frecuente, más incapacidad

Hasta ahora, la producción excesiva de colágeno se había relacionado con varias posibilidades. En primer lugar, con un mal funcionamiento del sistema inmunológico. Según esta teoría, la alteración provocaría que el propio sistema de defensa actuara en contra del organismo mediante la creación de citocinas, que estimularían la secreción excesiva de colágeno. Otra teoría apuntaba a los vasos sanguíneos afectados, que sufren estrechamiento y endurecimiento, lo que causaría más daño a los propios vasos y a los órganos en los que desembocan.

Es imprescindible detectar las causas que provocan esclerodermia. El pasado año, en el trascurso del primer día dedicado a la enfermedad, la Sociedad Española de Esclerodermia alertó del aumento de su incidencia. Además, esta patología implica una gran discapacidad y dependencia.

Multitud de síntomas

Su diagnóstico es difícil. Las personas manifiestan una gran variedad de síntomas no específicos que evolucionan de leves a graves: fatiga de distinto grado, falta de energía, debilidad general, pérdida de peso, dolores musculares e inflamación de las manos. Este último es el síntoma más frecuente. La mitad de los pacientes tienen las manos amoratadas o blanquecinas, además de falta de movilidad.

Junto con estas señales, la enfermedad puede desarrollarse, además, de dos formas diferenciadas: localizada y sistémica. En el primer caso, afecta sobre todo a la piel y a algunos tejidos -en su mayoría, sólo provoca problemas estéticos-, pero sin afectar a los órganos internos. Cuando se desarrolla de forma sistémica, afecta a cualquier parte del organismo y daña el sistema inmunológico además de tejidos internos, como los pulmones o los vasos sanguíneos.

El nuevo trabajo arroja luz sobre posibles tratamientos curativos. En la actualidad, los tratamientos se centran en aliviar los síntomas y son terapias muy personalizadas, debido a la variedad de síntomas de los pacientes.

OBSTÁCULOS EN LA VIDA DIARIA

Muchas enfermedades originan incapacidad para vivir el día a día con normalidad. Hasta más de 100 patologías con síntomas parecidos dificultan la vida cotidiana de los afectados. Junto con la esclerodermia, destacan la artritis, el lupus eritematoso, el síndrome de Sjögren, las vasculitis o las miopatías. Los pacientes pueden pasar de estar asintomáticos a ingresar en un centro hospitalario durante una larga temporada.

Todas son enfermedades sistémicas autoinmunes, trastornos en los que las defensas del organismo fabrican anticuerpos que dañan las propias células del cuerpo. La piel, los tejidos conjuntivos y los conectivos, como cartílagos, huesos y tendones, son los más afectados, pero también pueden alterarse los nervios y los músculos, entre otros.

Según datos recientes de la Sociedad Española de Reumatología (SER), una de cada cuatro consultas en los servicios de reumatología de los hospitales españoles se relaciona con alguna de estas enfermedades. Si bien por separado afectan a un número limitado de personas, en conjunto son más de un millón y medio, una cifra que destaca la importancia de este grupo de patologías, tanto en términos económicos como sociales.

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Protegerse del sol en invierno

Written by salud on Tuesday, February 23rd, 2010 in Dermatologia, General, Oftalmologia.

La mayoría de los ciudadanos no utiliza cremas ni gafas de sol en los meses de más frío, a pesar de los efectos de los rayos UVA

En invierno, pocas personas utilizan cremas con factor de protección solar o gafas de sol. Sin embargo, a pesar de que los rayos ultravioleta B (UVB), los culpables de las quemaduras y del cáncer de piel, son de menor intensidad durante esta época del año, los efectos de los rayos UVA no desaparecen: contribuyen al envejecimiento cutáneo y a la aparición del cáncer de piel. En los meses de frío, las reglas de oro respecto a la prevención son similares a las recomendadas en verano. Al contrario de lo que se pueda pensar, hay que proteger la piel del sol. El frío crea una falsa sensación de seguridad y no se tienen en cuenta los efectos perjudiciales de los rayos ultravioletas, aunque es necesario utilizar cremas con un factor de protección 30 como mínimo.

* Autor: Por MONTSE ARBOIX
* Fecha de publicación: 19 de febrero de 2010

Usar protección solar

Hay que utilizar filtro solar todos los días. También en invierno. Es fundamental aplicarlo tantas veces como sea necesario y decantarse por las presentaciones en crema, en lugar de loción, ya que consiguen una capa más gruesa de protección. Así de contundente se muestra Arielle Kauvar, profesora de dermatología en la Facultad de medicina de la Universidad de Nueva York (EE.UU.) y portavoz de la Fundación para el Cáncer de Piel (Skin Cancer Foundation).

Una de las recomendaciones de esta experta es que los consumidores se aseguren de que compran filtros solares que protegen frente a los UVA y los UVB. Además, estos productos deben contar con pantalla física, que son cremas con óxido de zinc, cuya función es difuminar los rayos ultravioletas en vez de absorberlos. Estas indicaciones han de extremarse cuando se practica deporte en la nieve o se suda en exceso, mientras que la crema se debe aplicar cada dos o tres horas.

Si no se practican deportes al aire libre, lo más juicioso es usar una crema hidratante cutánea con filtro solar y un Factor de Protección (FPS o EPF) mínimo de 30. Además, en invierno tampoco hay que olvidar las gafas de sol, que ayudan a prevenir las cataratas y el cáncer de piel alrededor de los ojos, ni el uso de protector labial con FPS. Desde el Instituto Nacional del Cáncer, en EE.UU., advierten de que el 90% de los cánceres de piel se deben a la sobreexposición al sol. Ante los resultados, la prevención es clave: las cremas con protección solar son el arma primordial para hacerles frente.

Daños oculares por UV

Al llegar la época invernal muchas personas olvidan la protección de los ojos, ya que esta medida se relaciona con altas temperaturas y con el binomio sol-nieve. No obstante, en las estaciones más frías es cuando el sol está más bajo en el horizonte, por lo que el ángulo de los rayos solares incide de forma más directa en los ojos y puede provocar un reflejo más intenso y una mayor irritación ocular.

En los últimos diez años han aumentado los daños oculares por efecto de los rayos ultravioleta (UV). Sólo en verano las lesiones oculares se incrementan en casi un 30% debido al mayor índice de radiación, por realizar más actividades al aire libre y por el abuso de sol. De los tres tipos de rayos UV clasificados, se considera como los más dañinos a los UVB, que provocan quemaduras en el ojo, y los UVA, que se absorben, sobre todo, por el cristalino. Además, cabe tener en cuenta que, igual que sucede con la piel, el daño por radiación en el tejido ocular es acumulativo.

Alguno de los efectos de la exposición directa al sol sin protección ocular son las dolorosas quemaduras en la córnea (queratitis), que tardan unas horas en desarrollarse y se traducen en una sensación de arena y ardor. Otra afectación en pacientes susceptibles genéticamente es el pterigión, una tumoración no cancerosa del tejido fino y transparente que recubre la conjuntiva (la parte blanca del ojo) y puede comprometer ambos ojos. Aunque la causa se desconoce, se origina en personas expuestas al viento, al sol, en áreas polvorientas o arenosas. Es el caso de los trabajadores que realizan su labor al aire libre (granjeros, pescadores, etc.).

Sin embargo, lo más preocupante es que algunos de los efectos más perniciosos surgen a largo plazo: cataratas, lesiones en la retina e, incluso, cáncer en la piel alrededor del ojo. La exposición solar también está asociada a degeneración macular, la segunda causa de ceguera más frecuente, detrás de la diabetes. Por este motivo, los expertos insisten en ser muy precavidos y utilizar protección, sobre todo en niños, con un sistema ocular más sensible.

UNA PROTECCIÓN OCULAR CORRECTA

Para evitar daños en los ojos a consecuencia del efecto de los rayos solares, es fundamental:

  • Proteger siempre los ojos del sol, tanto en verano como en invierno.
  • Utilizar gorras o gorros que reduzcan la cantidad de luz solar que incide en los ojos.
  • Asegurarse de que las gafas de protección solar tienen el filtro solar adecuado: deben incorporar filtro para rayos UVB y UVA, que protejan también la piel periorbital. Lo mejor es adquirirlas en un centro acreditado.
  • Es deseable un Factor de Protección 10, que tiene una capacidad de absorción total.
  • La oscuridad de las lentes no informa del grado de protección que proporcionan y, si el filtro no es el adecuado, pueden perjudicar los ojos. Al ser oscuras, la pupila se dilata más y está más expuesta a la radiación.
  • No olvidar las gafas al salir a pasear, ya sea en el mar o en la montaña y, sobre todo, cuando se practiquen deportes en la nieve.

TIPOS DE RAYOS ULTRAVIOLETA

Los rayos ultravioleta se clasifican en tres grupos:

UVC: son los más perjudiciales por su gran energía. Sin embargo, la capa de ozono impide que lleguen a la superficie de la Tierra.

UVB: indispensables para la síntesis de vitamina D, dan el tono bronceado a la piel. Combinados con los UVA son la primera causa de melanoma. Deprimen el sistema inmune y los absorbe la capa córnea. Penetran menos que los UVA, pero son más reflejantes. Se filtran fácilmente con gafas, ropa y filtros solares.

UVA: también broncean de inmediato, pero su resultado es poco duradero. Tienen la capacidad de atravesar el vidrio y penetran hasta las capas más profundas de la dermis, donde generan radicales libres que provocan alteraciones celulares y causan el envejecimiento prematuro de la piel (arrugas, manchas y falta de elasticidad), además de provocar cáncer.

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